Los empacadores de recuerdos (2012)

Después de pensar un buen rato si tenia sentido publicar esto aca o no, estan leyendo mi decisión. Al final de cuentas es mi forma de despedirme de este 2012 y de muchas otras cosas mas.

Espero que lo disfruten tanto como yo.

 

Los empacadores de recuerdos:

Es increíble como cada ruido, por minino que sea, retumba en una casa sin gente, sin muebles, sin juguetes por el piso y sin platos en la bacha de la cocina. Cada vez que presiono una tecla es como un martilleo a un ritmo casi constante, porque cuando me decido a escribir me gusta arranca y no parar. Obviamente después habrá tiempo para corregir, agregar una coma por allá, un paréntesis por acá y ajustar el índice de “comillabilidad” de mi texto.

 

Son las 8 de la mañana de un lunes. Día complicado para hacer casi cualquier cosa si los hay. Pero si se trata de una mudanza es un poco más complicado que cualquier otra cosa.
Tipeo solo. Por acá ya han pasado ellos como si fueran termitas u hormigas de alguna película de los ochentas. Ellos son los hombres de chomba, los maestros del cartón o los empacadores de recuerdos. Porque básicamente eso es lo que hacen y como se ven.

 

Se mueven por toda la casa con sus cartones, trinchetas y cintas de embalar como si hubieran vivido aquí toda la vida. Cosa que no han hecho y cosa que yo tampoco he hecho, sino el sentimiento de dejar este lugar seria aun mayor. Y mientras se mueven me sorprenden con una rara y enfermiza habilidad: no tienen ningún sentimiento por ninguna de las cosas que están guardando en esas cajas.
Eso que podría hacerlos quedar como unos desalmados u hombres poco sensibles de flores (como diría el gran Dolina) es sin duda una característica fundamental que les permite hacer mejor su trabajo.

 

La inexistencia de sentimiento hacia cualquier objeto de mi casa incrementa su eficiencia y disminuye cualquier pérdida de tiempo, al menos mental, de pensar la historia o los recuerdos que encierran cada uno de mis objetos. Y con la frialdad de un cirujano, donde un vaso de plástico es igual que una foto de la infancia con amigos, y un costurero es igual que el chupete de mi hijo Felipe, ellos continúan guardando.

 

Cada tanto alguno se asoma a este cuarto, el primero ya vaciado donde estoy escribiendo sentado en piso de cerámica con mi laptop en las piernas, para interrumpirme y preguntarme si este u otro objeto es para llevar o para tirar.
Los que ya se han mudado sabrán de qué les hablo. En algún momento previo a toda mudanza, se necesita una revisión exhaustiva de cada objeto para justificar su continuidad y/o su destierro. Ese es quizás la parte más dura y conflictiva del proceso y lo es mucho más si uno esta “in a relationship” como diría Facebook, donde cada decisión será repetidamente debatida, tontamente justificada y pocas veces compartida.

 

Los expertos en trinchetas (buen titulo para una de Olmedo y Porcel) ya han terminado de convertir cada objeto de mi casa, con sus virtudes, sus defectos y sus recuerdos, en un objeto de cartón corrugado marrón y sin identidad, como si fuese la maldición de algún particular Dios Egipcio o parte de una poco comprobable leyenda griega. Y se disponen con un orden casi ceremonial, a jugar al tetris en ese gran camión que siempre esta mal estacionado.

 

Me saludan, me entregan papeles que no leo y se van. Alli se aleja gran parte de mi vida que volveré a ver dentro del suficiente tiempo como para poder extrañarlas y en otro país lo suficientemente lejano como para que cada una de esos objetos tenga una misión mucho mas importante que la funcionalidad por la que han sido creados. Y esa misión no es más ni menos que hacerme sentir un poquito más como en casa.
 
Entro. Guardo la notebook en la mochila y cierro la puerta de mi casa, que ya no será más mi casa, con doble giro de llave. Como si alguien fuese a robarme los recuerdos que allí estaban y que ahora ya no están porque se van conmigo.

Charly. (@cmaltagliatti)

Texto también publicado en liibook :)

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